SIEMPRE ESTOY PARA TODOS… PERO CUANDO ME PASA ALGO A MÍ, NO ES TAN IMPORTANTE.

No porque sean perfectas.
Sino porque sienten que no tienen permiso para hacerlo.
Son las que escuchan a cualquier hora.
Las que acompañan procesos largos.
Las que sostienen emociones ajenas aunque estén agotadas.
Las que se implican de verdad.
Están.
Siempre están.
Y no lo hacen por quedar bien.
Lo hacen porque sienten.
Porque saben lo que es necesitar a alguien.
Porque no quieren que otros pasen solos lo que ellas pasaron.
Pero un día la vida las coloca a ellas en un lugar delicado.
Una operación.
Un problema serio.
Una situación difícil.
Un momento donde de verdad necesitan apoyo.
Y entonces ocurre algo que no esperaban.
Los demás no desaparecen…
pero tampoco se quedan.
Preguntan.
Dicen “¿cómo estás?”.
Pero la conversación dura poco.
No profundizan.
No sostienen el silencio.
No se detienen en tu emoción.
Y rápidamente vuelven a hablar de lo suyo.
Un día, Laura tuvo una intervención médica sencilla, pero importante para ella. No era grave, pero estaba nerviosa. No solo por la operación… sino por todo lo que representaba.
Desde la sala de espera envió un mensaje a dos amigas cercanas:
“Hoy me operan. Estoy un poco asustada.”
Una respondió con un “todo irá bien ” y enseguida empezó a contarle que había discutido con su pareja y que estaba fatal.
La otra le dijo que justo estaba desbordada con un problema en el trabajo y que necesitaba desahogarse.
Laura leyó los mensajes desde la camilla.
Y, como siempre, respondió.
Preguntó por la discusión.
Escuchó el problema laboral.
Intentó tranquilizarlas.
Cuando el enfermero entró para llevársela al quirófano, dejó el móvil sobre la bandeja metálica.
Y sintió algo que no supo nombrar.
No era miedo.
No era enfado.
Era una tristeza silenciosa.
La sensación de que incluso en su momento vulnerable… seguía siendo la que sostenía.
Notas que cuando alguien tiene un problema, tú te implicas de verdad.
Escuchas sin mirar el reloj.
Acompañas sin cambiar de tema.
Te quedas en el dolor del otro aunque incomode.
Pero cuando el dolor es tuyo… la intensidad cambia.
Y a veces ocurre algo aún más desconcertante.
Cuando por fin dices que no estás bien…
la otra persona responde contando que a ella le pasa más.
Que lo suyo es más difícil.
Más urgente.
Más doloroso.
No siempre lo hace con mala intención.
Pero el efecto es el mismo.
Tu momento se reduce.
Tu emoción pierde espacio.
Tu herida queda pequeña frente a la suya.
Y entonces vuelves a hacer lo que sabes hacer.
Escuchar.
Aunque por dentro estés deseando que alguien, por una vez, se quede en lo tuyo.
Hay relaciones donde el dolor no se comparte… se compara.
Y cuando el dolor se compara, siempre hay alguien que gana.
Y no suele ser tú.
Ahí aparece una pregunta que duele:
¿Soy importante… o soy útil?
Porque hay una diferencia.
En la amistad sana hay reciprocidad.
Hay intercambio.
Hay cuidado mutuo.
Pero en algunas relaciones, lo que existe es conveniencia emocional.
Mientras tú sostienes, la relación funciona.
Mientras tú escuchas, todo fluye.
Mientras tú das, hay vínculo.
Pero cuando tú necesitas… la intensidad cambia.
Y la pregunta aparece sin que quieras:
¿Estoy siendo amiga… o estoy siendo soporte?
¿Estoy compartiendo… o estoy sosteniendo sola?
¿Estoy acompañando… o estoy siendo utilizada a conveniencia?
No es una pregunta que nazca del rencor.
Nace del cansancio.
Del cansancio de dar sin sentir el mismo nivel de presencia cuando te toca a ti.
Hay personas que solo se acercan cuando tienen una necesidad.
Que solo profundizan cuando el problema es suyo.
Que creen, sin decirlo, que tú debes estar siempre disponible.
Y cuando tú atraviesas algo serio…
lo tuyo no tiene el mismo peso.
Pero aquí hay una parte que también cuesta mirar.
Porque no todo es lo que hacen los demás.
También hay algo en ti que mantiene ese lugar.
Te cuesta decir que no.
Te cuesta retirarte cuando sientes que no hay equilibrio.
Te cuesta dejar de estar para quien nunca estuvo igual.
Quizá porque temes que, si dejas de sostener, el vínculo se rompa.
Quizá porque ser necesaria te dio identidad durante años.
Quizá porque aprendiste que el amor se gana estando siempre.
Y entonces sigues.
Aunque algo dentro ya sabe que no es justo.
Aunque algo dentro ya está cansado.
La herida no es solo que no estén.
La herida es sentir que tu dolor no ocupa el mismo espacio.
Y reconocerlo no te hace egoísta.
Te hace consciente.
No se trata de dejar de amar.
Se trata de amar con equilibrio.
No se trata de dejar de ayudar.
Se trata de no ayudarte a desaparecer.
La pregunta ya no es por qué no estuvieron como tú estuviste.
La pregunta es:
¿Estoy dispuesta a seguir ocupando el lugar donde doy más de lo que recibo?
Ahí empieza el cambio.
Texto original de Tere Valero.
Si te resuena, puedes compartirlo citando la fuente: terevalero.es.

Muy buen escrito. Has descrito muy bien, lo que aveces sentimos algunas personas. Gracias.
“Gracias por decirlo… cuando algo se pone en palabras deja de doler en silencio 💛”
Gracias Tere por todos tus escritos y consejos!💝💝💝
“Gracias por estar y sentirlo conmigo 💝”